
Una de las principales características del fascismo, por más doméstico que sea, es una terrible incomodidad con lo distinto, con esa característica peculiar del otro que nos molesta en la médula, en las tripas. Algo familiarmente extraño que pone en alerta a todas nuestras defensas y nos hace desear que lo distinto desaparezca de nuestra vista. A veces, esto se manifiesta casi hasta el absurdo.
Hace un tiempo, durante un paseo nocturno por el desértico centro de Bahía Blanca, me ocurrió algo muy absurdo. Sin saber a donde ir por un puto trago termine junto a mi pareja en un bar-boliche-pub de por ahí.
En realidad llegamos hasta la puerta del bar, el muchachito de la puerta, calzado en unos pantaloncitos de vestir, remerita negra ajustada y zapatitos de punta cuadrada (casi un vendedor de celulares), con su mejor cara de simio se nos puso en el camino.
- Son gays? (preguntó king kong)
- No (respondí)
- Sabían que este lugar es gay?
- Sí
- No pueden entrar, es exclusivo para gays.
Y ahí comenzó una de las discusiones más absurdas e imbéciles que tuve en los últimos tiempos. Luego de consultar con el dueño (quién no quería hablar conmigo), los argumentos del monito fueron variando desde mi elección sexual hasta la elección de mi indumentaria (tan vez pretendía que me disfrace como él). Se ve que el motivo de que yo no era gay era una directiva para su proceso de selección que no nos debía blanquear.
Insistí en hablar con el dueño hasta lograrlo pero la situación no cambió. El tipo con su impronta de propietario bolichero resulto ser el rey de los orangutanes, salvo que sostenía el argumento de mi vestimenta en lugar del de mi elección sexual, aunque cada tanto, también parecía aceptar como motivo mi problemita sexual. Cuando le hable de discriminación su razonamiento fue de una imbecilidad y brutalidad estupenda: “No!, discriminación sería si vos sos gay y no te dejo entrar, cómo va a ser discriminación si no te dejo entrar porque no sos gay, además es por la ropa, no estás vestido con la onda que nosotros pretendemos”. Y cada tanto, insistía en señalar el cartel “La casa se reserva el derecho de admisión y permanencia” como si eso lo salvara de algo.
El resto es anécdota.
Lo más llamativo de todo esto es la identificación de las víctimas con los agresores. Una minoría discriminada logra tener un espacio en donde no se los discrimina pero en su espacio se reproduce la misma lógica de poder de la que fueron víctimas. Y ni siquiera tienen conciencia de eso (al menos el dueño del lugar y la gente que estaba en la puerta), compraron sordamente el argumento de los mataputos y lo repiten. La comunidad gay, si es que existe tal cosa, debería tener cuidado donde decide tomarse un trago
Nada grave ocurrió, un poco mas de lo mismo.