Sergio Denis casi murió en Paraguay.
El ruido más fuerte que me hace Sergio Denis está en su gesto.
Cuando Sergio Denis cierra los puños y los pega rápidamente a su mentón, mientras su cara parece sonreirle a una pochoclera, esos brazos me parecen los de un robot y me digo que quizá tenga varios sistemas nerviosos independientes.
Igual disociación veo entre sus cejas tristonas y su sonrisa de yeso. Será por eso que su voz, como para armonizar esas autonomías (porque no se trata de contradicciones sino de incongruencias, de expresiones diversas y no opuestas), opta por la lisura.
Últimamente nuestros políticos reinstalaron el uso del verbo sentarse para construir las frases “sentarse a negociar”, “sentarse a conversar” y similares y la gente lo compró bien.
Me digo: Si adoptamos rápidamente esa expresión será porque nos gusta negociar sentados.
Dialogando sentados, podemos dejar que el cerebro izquierdo comande la lengua mientras el derecho hincha los huevos sin que el interlocutor lo advierta.
Sentados, el borde de la mesa limita el contacto con el otro a una cuota políticamente correcta.
Sentados, los pies pueden hacer otro negocio por abajo.
Sentados a la mesa, de la cintura para abajo podemos declarar el asco que nos dan las palabras que cambiamos.
Sentados a la mesa escondemos la mitad que importa.
Grande Sergio.