
Por llamarlo de alguna manera, le pongo “jipi” a un recorte posible en la producción estética de la cultura pop entre los 60 y 70, que fue filtrando de Estados Unidos todos lados, hasta hoy. Producción prolífica, abundante en cantidad e influencia, profusa en su propio manierismo.
Miremos ahora algunas cositas de ahí. La Mitchell canta lindo, son lindas canciones, pero: ¿no sobran los arreglos de saxo y flauta, no suenan horribles los bongoes en “Big yellow taxi”? La Joplin tiene esa pulenta, pero ¿no son pastosamente antieconómicos los solos de guitarra de su banda? ¿no sobran la mitad de los jadeos y todos los chistes sobre drogas entre canciones? ¿No resulta ñoño el romanticismo pacifista de cualquier estrella pop de entonces? Los primeros efectos de cámara tipo estrobo, o caleidoscopio, o Jimmy Page partido al medio como en espejos, ¿no son de mal gusto? ¿No les sobra optimismo y les falta estilo a esos libros con locos demasiado lúcidos o con desocupados felices en la ruta? ¿No le quedan feas las charreteras doradas y las capas de seda a Hendrix? ¿No habría que quemar las películas de Jodorowsky? Etc.
Estos rasgos feitos (feitos por cursis, por excesivos, por desequilibrados, por ruidosos, por pretenciosos, por ampulosos) de estilo de época, de jovenzuelos de clase media militante culposa, con su desesperación por decir todo y llenar todo, se arrastran hasta ahora. Pareciera que aquella imaginación persiste en arrojarnos sus peores adornos, que es lo que le queda.
Aunque hay una manera casi actual de traer al día estos residuos paleontológicos: el iman de las nuevas tecnologías. Fantasías de ácido o de paz o de nueva era que la técnica de entonces no dejaba mostrar o exhibía desprolijamente, caen ahora impertinentes, aceitadas por la habilidad digital. Y con peores resultados artísticos, porque –entre otras cosas- ya no hay época que las disculpe.
Ayer, mientras comíamos fideos con salsa rosa en casa de Zambayonny, ví un video de Carla Bruni que ilustra el asunto. Planos fijos de paisajes bucólicos a color, con la animación superpuesta de una especie de bailarina dibujada sintéticamente en tinta negra, que va recorriendo las vivas postales y mutando: en arbol movido por el viento, en flor que se desoja, en simbolitos esotéricos… un asco de estética vieja y jipi. Hay muchos ejemplos de este pasado malamente reconvertido, ustedes podrán agregar los vuestros si os place.
Miremos ahora algunas cositas de ahí. La Mitchell canta lindo, son lindas canciones, pero: ¿no sobran los arreglos de saxo y flauta, no suenan horribles los bongoes en “Big yellow taxi”? La Joplin tiene esa pulenta, pero ¿no son pastosamente antieconómicos los solos de guitarra de su banda? ¿no sobran la mitad de los jadeos y todos los chistes sobre drogas entre canciones? ¿No resulta ñoño el romanticismo pacifista de cualquier estrella pop de entonces? Los primeros efectos de cámara tipo estrobo, o caleidoscopio, o Jimmy Page partido al medio como en espejos, ¿no son de mal gusto? ¿No les sobra optimismo y les falta estilo a esos libros con locos demasiado lúcidos o con desocupados felices en la ruta? ¿No le quedan feas las charreteras doradas y las capas de seda a Hendrix? ¿No habría que quemar las películas de Jodorowsky? Etc.
Estos rasgos feitos (feitos por cursis, por excesivos, por desequilibrados, por ruidosos, por pretenciosos, por ampulosos) de estilo de época, de jovenzuelos de clase media militante culposa, con su desesperación por decir todo y llenar todo, se arrastran hasta ahora. Pareciera que aquella imaginación persiste en arrojarnos sus peores adornos, que es lo que le queda.
Aunque hay una manera casi actual de traer al día estos residuos paleontológicos: el iman de las nuevas tecnologías. Fantasías de ácido o de paz o de nueva era que la técnica de entonces no dejaba mostrar o exhibía desprolijamente, caen ahora impertinentes, aceitadas por la habilidad digital. Y con peores resultados artísticos, porque –entre otras cosas- ya no hay época que las disculpe.
Ayer, mientras comíamos fideos con salsa rosa en casa de Zambayonny, ví un video de Carla Bruni que ilustra el asunto. Planos fijos de paisajes bucólicos a color, con la animación superpuesta de una especie de bailarina dibujada sintéticamente en tinta negra, que va recorriendo las vivas postales y mutando: en arbol movido por el viento, en flor que se desoja, en simbolitos esotéricos… un asco de estética vieja y jipi. Hay muchos ejemplos de este pasado malamente reconvertido, ustedes podrán agregar los vuestros si os place.