viernes, 29 de septiembre de 2006

Música para escuchar con tiempo

En http://longplayer.org/ (enlace LIVE STREAM) pueden escuchar el "Longplayer", una composición generada por computadora a partir de grabaciones de cuencos tibetanos. Puede leerse una explicación en la página, en inglés. Si la entendí correctamente, la composición está formada a partir de 6 "canales" de grabación. En cada momento, la computadora está reproduciendo simultáneamente un fragmento tomado de una posición distinta de cada uno de los 6 canales. Cada dos minutos, la posición de lectura avanza a una distancia distinta para cada grabación, de modo que no se repetirá ninguna combinación de fragmentos hasta que hayan pasado 1.000 años. La composición comenzó a "tocarse" el 1 de enero de 2000 y durará (si los dioses no se oponen) hasta el 31 de diciembre de 2999. El efecto es sumamente relajante (recuerda un poco la banda sonora de algunas escenas de "2001", pero mejor).

14 comentarios:

Mauro A Fernandez dijo...

a mi me pareciò una pavada.
igual se la hice escuchar a mi profesora de yoga, que estudiò muchas boludeces tibetanas y hasta se limpia el culo con hojas del libro de los muertos. pensé "voy a quedar como los dioses, ella se va a relajae muchisimo con esto". pero despues de escucharla me obligó a pararme de cabeza durante 3 horas y media mientras me hacía escuchar ac/dc al palo. "meditá nabo" me decìa en tibetano mientras daba saltitos como agnus young.

Mauro A Fernandez dijo...

una ensañanza me quedò para mì, que ya caì dolorosamente en dos recomendaciones de gimenez arnaud; una vez fue por ignorancia, la segunda puede ser aprendizaje, tres serìa boludez.

Mauro A Fernandez dijo...

(aclaraciòn: "¡meditá, nabo!" en tibetano se dice "¡ding, dong!")

Bandana dijo...
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Jorge Mux dijo...

Me sorprende la ligereza con que Mauro dice que esto es una pavada. Conozco muchas cosas que indudablemente son pavada. Pero me cuesta poder decir, sin lugar a dudas, que esta es una de ellas. Ahora mismo estoy escuchando esta extraña música y me parece mucho más que una pavada.
Cuando, hace veinticinco años, escuché la banda de sonido de "2001" (porque mi viejo había comprado el disco) y la seguí escuchando hasta hace quince (porque el disco se rompió), sentí que algunos fragmentos de ese disco mostraban una monstruosa obra que hoy llamaría "música natural" (seguramente debo aclarar muchas cosas con este concepto, pero no lo haré). Ahora, mientras estoy escuchando esta exótica composición (y aplaudiendo que Giménez Arnau haya asociado, a mi juicio correctamente, estos sonidos con los de "2001") siento lo mismo: sonidos impersonales, ejecutados por una aleatoria orquesta minimalista, que sólo consta de un instrumento.
No me provoca relajación sino una ligera inquietud: son como campanas milenarias que suenan desde el fondo del universo. (Las imágenes que me representa son sólo mías, claro).

Alberto Giménez Arnau dijo...

La misma inmediatez la "composición" parece impedir una crítica "objetiva" (o "intersubjetiva"). ¿Cómo saber que el Sr. Fernández y yo hemos escuchado precisamente los mismos fragmentos, visto que son irrepetibles?

Sospecho, además, que el sistema tiene una vuelta de tuerca más: de algún modo se las han ingeniado para generar fragmentos diferentes para diferentes personas. Así, todos los fragmentos que escuchemos yo o el caballero Mux nos parecerán relajantes, interesantes, inquietantes o nos cuestionarán de algún modo. Todos los fragmentos que le sean servidos al Sr. Fernández le parecerán sosos, aburridos o boludos. Su carácter minimalista lo convierte en una suerte de test de Rorschach sonoro.

Jorge Mux dijo...

El carácter individual de este tipo de composición parece dejar afuera cualuier crítica. Es cierto, toda impresión será sólo sobre la base de lo que cada uno ha escuchado. Pero me imagino que los sonidos no son aleatorios, extraídos de todo el rango de posibilidades sonora, sino de cuencos. No criticaríamos el sonido individual, sino el tipo de sonido, la forma de asociarlos, etc.

Alberto Giménez Arnau dijo...

En realidad, no creo que podamos hablar de una crítica en el sentido en que criticamos una composición, digamos, de Mozart. Por eso en mis comentarios siempre puse la palabra "composición" entre comillas; signo ortográfico que, si se me permite una pequeña digresión, los almaceneros utilizan sistemáticamente mal, para enfatizar una parte del discurso (Por favor, colabore con "cambio"), subvirtiendo la verdadera vocación de este carácter, paladín de la ironía que rebaja y siembra dudas sobre todo aquello que toca: que "composición" interesante es el Longplayer, che.

Sin pretender sentar teorías estéticas, cosa que no podría en este momento porque, a) no tengo ni idea, b) estoy recién levantado, c) muy a mi pesar, tengo que ponerme a laburar, anoto algunas reflexiones sueltas que me vienen a la mente.

En una composición musical "estándar", el "significado" de la música, su efecto sicológico, hasta cierto punto nos es impuesto por el compositor, que dispone el material sonoro de acuerdo a “gramáticas” que los teóricos llevan siglos intentando formular, sin consensuar más que algunas reglas de carácter genérico (y cuya universalidad fuera de la cultura occidental podría discutirse). Por ejemplo, cualquier guitarrista principiante sabe que los acordes mayores (do, mi, sol) son “alegres”, mientras que los acordes menores, que se diferencian de los anteriores por la alteración de una sola nota (do, mi bemol, sol), son “tristes”. (En la música occidental es un recurso muy común presentar una “melodía” en una escala menor y luego reformularla en una escala mayor, o viceversa, para explotar esta oposición básica triste/alegre, como si se considerara una misma idea desde dos puntos de vista distintos.) El acorde de novena (do, mi, sol, re) genera un efecto de “distanciamiento” y para alguien afecto a la sinestesia (como vuestro humildísimo) es de color azul, o tal vez turquesa o verde azulado, y se siente un poco frío en la piel del antebrazo (el acorde mayor me parece más bien amarillo o naranja). El acorde de séptima mayor (do, mi, sol, si) es uno de los más inequívocos, pues genera en quien lo escucha la inconfundible sensación de estar tomando caipirinha rodeado de garotas en una playa brasilera. También las líneas melódicas se desarrollan de acuerdo a ciertas reglas: por ejemplo, una escala ascendente puede verse como la “pregunta” y la escala descendente que le sigue como la “respuesta”. Los ritmos lentos son tristes o calmos, invitan a la quietud, los vivaces son alegres o enérgicos, dan idea de acción.

En Longplayer no hay un trabajo deliberado de composición armónica, melódica o rítmica; no hay un trabajo “autoral”. Por su mismo carácter “minimalista” y “monótono”, si algo encontramos en esta música, es porque lo hemos puesto nosotros mismos.

Cuando titulé mi comentario "Música para escuchar con tiempo", lo hice con deliberada ambigüedad: por su misma duración, nadie podrá jamás escuchar el Longplayer entero, y en ese sentido, es una metáfora de la finitud humana ante la infinitud del universo, ¿me siguen? Yo ya me perdí irremediablemente, y lo que sigue es insalvable. Se oye por ahí que estamos volviendo a una nueva Edad Media. Uno de los aspectos que suele destacarse del arte medieval es su carácter anónimo, trascendente, comunitario (no conocemos los nombres de quienes pensaron las catedrales góticas, no buscaban inmortalizarse, sino servir a su Dios y a la comunidad de los creyentes), mientras que el arte de la modernidad es (si se me permite abusar de las palabras) autoral, inmanente, privado: el artista moderno procura afirmarse en su obra, destacar su individualidad, expresarse en su obra, inmortalizarse. El arte medieval es la postración del individuo ante la idea de un ser superior; el arte moderno es la afirmación del individuo ante todo lo que no es el individuo. (Ruego a los lectores expertos en estética denunciar los errores de mi razonamiento.)

Si lo que antecede es verdad, entonces, Longplayer es opuesto a la idea artística de la modernidad: es una obra que es más grande que sus “autores” (quienes seguramente no podrían prever de antemano cómo sonaría exactamente su “obra” en un momento determinado por los próximos diez siglos), más grande también que sus ocasionales oyentes.

(Hablando de edades medias, no escapará a los lectores sagaces que la Web está popularizando un nuevo modo de creación colectiva que se caracteriza por el anonimato y la compartición más o menos desinteresada: Wikipedia, el software libre, las redes peer-to-peer, el furor de los blogs.)

Longplayer no es una “obra” en el sentido moderno del término: no hay allí un autor procurando decirnos “algo”. En todo caso, si es una obra, lo es al modo de las “instalaciones”, el modo del arte “conceptual” (donde queda expuesto de modo obsceno aquello, que ya es un lugar común, de que “el medio es el mensaje”). El minimalismo, la "monotonía" de Longplayer no dice nada a primera vista; nuestro primer impulso es escucharlo un par de minutos y luego desecharlo a favor de Los sultanes. Pero si resistimos ese primer impulso, si nos detenemos, si nos callamos y dejamos madurar el vacío total de esta no-música, puede que comience a hablarnos con una voz insidiosa, que no es la del "compositor", ni siquiera la de los anónimos ejecutantes de esos cuencos tibetanos particulares que se usaron para esta grabación, sino la voz de la naturaleza misma o la voz del inconsciente.

Un último apunte suelto: Kundera inicia su magistral novela "La insoportable levedad del ser” con una reflexión sobre el mito del eterno retorno, que gira en torno de la frase alemana “Einmal ist keinmal”: una vez es nunca, lo que sucede una sola vez es como si no hubiera sucedido jamás. Longplayer se me antoja también una metáfora del eterno retorno, pero lo expresaría de otro modo: lo que sucede una sola vez, es lo que sucede siempre. Ningún fragmento de la obra volverá a repetirse (al menos, dentro de los próximos mil años); al ser todos los momentos distintos entre sí, son todos esencialmente idénticos y por eso Longplayer nos parece (con justa razón) “monótono”. Lo que no se repite, no se reconoce y por lo tanto no se puede conceptualizar. Los conceptos “universales” necesitan de la acción de la memoria, que se enfrenta a lo nuevo y lo compara con el molde de lo conocido: la visión de este pájaro individual, único, desde este ángulo particular en esta condiciones de luminosidad en una tarde lluviosa del 3 de abril de 1986 con el estómago vacío no es idéntica a ninguna otra visión que yo haya visto o vuelva a tener, sin embargo el aparato conceptual de mi mente, que gira en torno de la memoria, lo separa de la corriente de sensaciones, donde nada se repite jamás, lo señala y lo nombra: “pájaro”. Sin la memoria, la operación conceptual es imposible (y el tiempo no anda). Todo es simplemente lo que es y nada más, y es todas las cosas. Lo que ha ocurrido es lo que ocurrirá, es lo que ocurre ahora. Este fragmento de Longplayer que no volveré a escuchar jamás es básicamente idéntico a cualquier otro fragmento, no se “relaciona” en el tiempo con ningún otro fragmento, pero contiene dentro de sí los mil años que dura toda la obra (cada combinación de toques de los cuencos es única e irrepetible… ¡pero los componentes individuales se repiten hasta el hartazgo!). La composición musical estándar, con sus tantos minutos de duración y su desarrollo en el tiempo, es una metáfora del tiempo lineal de Occidente; Longplayer es una expresión del tiempo cíclico oriental, una catedral sonora infinita a escala humana pero construida con ladrillos efímeros, que nos advierte del carácter irrecuperable y a la vez eterno del momento presente.

Mauro A Fernandez dijo...

encuentro en los comentarios de mux y gimenez ideas que me identifican:

"No criticaríamos el sonido individual, sino el tipo de sonido, la forma de asociarlos, etc"
si, eso me pasa...

digamos tambien qque lo "no moderno" de esta idea musical, masomenos como lo describe gimenez, en vez de despertarme entusiasmo me... duerme

Alberto Giménez Arnau dijo...

¡Sí, es excelente para acompañar una siestita! ¡Ya hice la prueba!

derosa dijo...

mi posición sobre la música en general (sí, sobre toda la música) es muy simple: La música es mierda. Mierda aspirable, inyectable, inhalable por el oido, con los peores efectos imaginados. Ojo! no estoy en contra del uso indiscriminado de drogas, sólo en contra del uso discriminado e indiscriminado de música. Ahora sí, que la música sea una mierda, que sea sorete para los oidos, no quiere decir que todos los seretes sean iguales. No es lo mismo un alargado, brillante, marrón submarino de materia enrroscado prolijamente sobre el fondo blanco en inundado de un inhodoro que una pecosidad dispersa, salpicada y líquida sobre las paredes del inhodoro, incluso a veces sobre la tapa. Esta aleatoriedad infinita del sonido de los cuencos está relacionada directamente con el inhodoro salpicado.
UNA PROPUESTA: Inevitablemente tengo a veces una manía de cortar camino y algunas ideas se me ocurren al respecto.
1-Tomar una nota musical cualquiera.
2- Repetirla hasta el infinito.
3- Escucharla todo el tiempo que se pueda
4- Quedar idiota.
Este es un humilde aporte para acortar el camino de los cuencos, un poco menos new age, un poco menos engañoso, pero igual de efectivo.

Los rolling stones provocan algo parecido, pero el proceso es un poco más lento y se sufre más en el trayecto hasta quedar totalmente lobotomizado. La mejor de las músicas, es la que nos deja idiotas un centímetro antes de la muerte y nos tuvo bailando casi idiotas todo el resto del tiempo.

PD: lo del usode las comillas siempre me parecio una imbecilidad, pero en el almacenero suele resultarme simpático.

mauro a dijo...

si, si
es verdad

a proposito de soretes, aprovecho para recomendar la bonita pàgina
ratemypoo.com

pez soluble dijo...

sobre las comillas:
homero (simpson) hace rato que se rie con justicia de los abusadores de comillas...

derosa dijo...

Envidio a Homero, yo lloro ante estos abusos