lunes, 22 de mayo de 2006

Vi El Código Da Vinci.

Hoy, domingo 21 de mayo, me levanté y mi gato no estaba.

Cada vez que no lo veo tengo un mal presentimiento. Enseguida busco en el patio, en el pasillo; llegado el caso miro el techo y enseguida aparece. Mientras estoy en el techo, aparece desde el pasillo. Mientras busco por segunda vez en el pasillo, aparece desde el patio. Los gatos tienen esa virtud furtiva de aparecer desde el lugar en el que un segundo antes lo hemos buscado. El mal presagio se disuelve y me olvido enseguida.

Hoy no estaba y no apareció de golpe.

Lo busqué durante cinco horas. Recorrí techos y paredones; grité su nombre cada vez que me paraba en un punto alto. En algún momento escuché un maullido; cuando me acerqué a la casa desde donde parecía provenir, descubrí que era el llanto de un bebé. Investigué la arquitectura de las casas que rodean a la mía. Hice complejas hipótesis acerca de la capacidad de mi gato para saltar, esconderse, echarse a dormir en tal o cual lugar. Lo busqué por la vereda, árbol tras árbol. Formé una patrulla con niños que jugaban por la manzana y ellos me daban pistas que contenían secretas esperanzas o nuevas desesperaciones: “Vi un gato blanco que cruzó la calle y se fue a lo de una viejita que cuida gatos”; “me pareció verlo; un perro lo sacó corriendo”.

Siguió sin aparecer.

Salí de mi casa con una angustia insoportable; con la conciencia de haber hecho todo lo posible y sin embargo a sabiendas de que, quizás, él estaría en algún lugar desde el cual no puede volver. Y necesitaría mi ayuda. La tarde estaba cayendo y la falta de luz hacía peligroso subir una vez más a los techos.

Fui a parar en el cine. No tenía mucho para elegir; “Scary movie 4”; “La era de hielo 2”; “La llamada fatal” (Creo), y una con Denzel Washington. Escuché por canal 13 que El Código era un buen entretenimiento.

Había mucha gente. Mientras estábamos en las butacas a la espera de que se apaguen las luces, un imbécil se puso a contar la película. Otro imbécil comentaba lo bueno que estaba el libro. “Yo voy por la mitad”, decía uno. “Ah, yo lo estoy terminando”, decía otro para vanagloriarse.
Cuando las luces se apagaron, empezó la cola de Bañeros 3. Todos los presentes se rieron con los chistes sobre culos y muchos dijeron “esta la tenemos que venir a ver”. Ninguno se privaba de comer pochoclos o cualquier otra mierda que hace ruiditos tanto para sacar como para masticar.

Cuando finalmente empezó la película, el mejor entretenimiento fue un niño de no más de cuatro años que no paró de hablar, de gritar y de llorar. Por supuesto, nadie apagó sus celulares; de modo que cada cinco minutos sonaban ranitas, cumbias villeras o ruidos de la selva. Todos tenían que contestar los llamados. “Sí, estoy en el cine viendo una película buenísima. Chau. Después te llamo. (pausa) ¡En serio!... ¡No te puedo creer! (pausa) ¿Y vos qué le dijiste?”.

Cuando salía del cine muchos comentaban que había sido una película excelente. Si me sintiera mejor, diría algo sobre ella. Tal vez mañana. Sólo diré que cada película tiene el público que se merece: en este caso, cristianitos que abandonaron a su grey después de la Confirmación, quienes suponen que hablar sobre Jesús es rozar la herejía. A los catoliquitos que comen pochoclo y hablan por celular les encanta la fantasía de ser herejes. Ver esta película, para ellos, es como reírse de que al cura se le ve el rabillo del culo a través de la sotana.

Pero ahora es de noche, hace frío, estoy solo y mi gato no volvió.

1 comentario:

Diego dijo...

Ojalá encuentres tu gato, ojalá sigas escribiendo estas crónicas. Felicitaciones.